


El tiempo de uno
Recuerdo viajar con poco equipaje, dormir cuando el sueño llegue, leer toda una tarde, desaparecer de casa con la fiesta encima. Pensarme sola es algo casi lejano y disponer por completo de mi tiempo es imposible.
Ahora trabajo al igual que cuando conocí a Mauricio sólo que en aquél entonces era cocinera. Nos encontramos en una fiesta tradicional llena de música y sabor; ni como pensar que nuestra vida juntos iba a ser igual, un vaivén cálido con aroma a mar.
Después de aquel encuentro, yo seguía en mi espacio y él en el suyo pero los fines de semana eran comunes.
El tiempo compartido
Un jardín inmenso y él girando vestido de blanco. Elías es nuestro hijo y en pocos meses cumplirá sus tres años.
Para llegar tardó dos días, me avisó un martes temprano y nació la madrugada de un jueves en la cama de nuestro casa. Me quedé sin fuerza ni sangre así que acabé en el hospital y él durmió en una casa ajena. No pude descansar, pensaba en él tan recién llegado y solo. Mauricio, mi esposo, estuvo en la sala de espera todo el tiempo también sin saber que hacer, quedarse o irse a verlo. Así fue como comenzó esto de ser tres.
El tiempo es distinto ahora, compartiendo mañanas de domingo con ardillas por la ventana y noches de parques, camas mojadas, gritos inexplicables y zapatitos por toda la casa. Me hace pensar en lo irrepetible de cada día y como la vida se va haciendo corta con los años.
La memoria en la vejez se deteriora y en la niñez tarda en conformarse. El comienzo del pensamiento y la conciencia en un niño se da a partir de los tres años, a mi hijo le quedan meses aún de "inconciencia". Decidí, desde que supe que el venía, documentar los tres años que no recordará y también un poco de cómo eran las cosas antes de que él llegara a nuestra vida.
Este trabajo es una memoria gráfica de sus recuerdos esfumados.